El nacimiento

Nací con pulmones llenos de palabras.
Plétora en mi pecho,
basto vacío que colma mis labios.

Nubes a los ojos,
quejido de las aves,
bruma de los días.

Antes que existiera el mundo,
andaban los muertos
corriendo sin ropa,
ansiados del nacer.
Sin saber, sin saber.

Siguiendo lo sagrado,
mi paso como el canto del grillo,
hunde la ceguera en el fango,
diluye las horas en respuestas.
Respuestas que son más preguntas.

Nazco sin plumas
y mi vuelo es la espera.

Rezo a la apatía

No merezco tu cuerpo de madrugada,
ni tus pechos en la espalda,
ni tu sonrisa, bonanza del silencio.

Resistes abandono,
mis ojos en las hojas.
Horas de palabras
que resbalan y se encharcan.
Y caminas de puntillas
con las calcetas mojadas,
evitando pisar el cuerpo que dejo.

Buscas a Dios en mis libretas.
Aquí lo único celeste son tus manos.
Esto de acá son cartas al infierno,
son la furia de lo cierto
y el clamor de lo inmortal.

Soy un hombre ciego a la presencia
y devoto del recuerdo.
Por eso tu marcha no me pesa,
sino el paso detenido,
como aquel viejo reloj
que solo se mira cuando deja de sonar.

Prisma

Si vieras tus ojos plegados al cielo, esperando los brazos de un rayo por la tarde. Si vieras tu cuello, afilándose con el roce de las gotas, alargándose sobre el barandal, marcándose con la huella de cabellos mojados que no han cabido en tu peinado. Si pudieras, estarías como yo o como el cielo, rugiendo, disparando, llorando de miedo. Pero luego me ves a mí y no al cielo y este grita tu nombre, soltando el viento amargo que ondula tu blusa blanca; puedo ver tus senos, perfecta abundancia de piel morena, de labios pequeños, de tersas clavículas. Parpadeas lento. El humo que suelto se mancha de tenue luz, tú te dibujas por detrás igual que una tromba que se avecina levantando cortinas de agua. Vienes a ahogarme. Quieres inundarme el pecho, llenarme la boca de hierbas, cegarme con flores. No importa. Estoy en el cadalso, con los pies entumidos y esperando tus olas. El humo de borra, el mar se agrieta, el cielo, colérico, se lanza contra el balcón. Ni siquiera lo miras. Te enredas a mis tiesos dedos. Cae la colilla. Cae el tifón sobre mi cuerpo. Caigo yo también. Y si te vieras sobre mí.

Vela de ultramar

Llegan los dedos,
araña que torna
con yemas calientes del paso
a encontrarse los ojos disueltos,
que poco esperan ser hallados.

Nudillos rechinan en la esquina de una mesa:
ojos disueltos duermen sin saber
que yacen en cuartos donde frías manos los desoyen.

Sale mi cuerpo en blanco
andando como aguja seca,
rasgando el aire seco que despiden las casas.
Y a mí no me pertenecen aquellos dulces alientos,
fondeados en promesas
de nombres que nunca más serán pronunciados.
Míos solo son los botes que se mesen en olas de cobre,
las sillas de clavos viejos
y ese olor oscuro que se arrastra sin presión
de un bar a una farola,
de una banca a una azotea.

Mi deseo se ondula
haciendo arcos con el tiempo;
ardo solemne en las plazas desiertas
y no huyo al temblor cadente de mi llama,
pues ilumino sin pena
el sudor de doscientos días.
Y esa es gloria suficiente
para abrir los suelos con zapatos mojados
sin resentir los ojos disueltos,
que dicen no buscarme
y aún así no dejan de mirar
desde la última orilla.

Los ciclos del suspenso

Nos obligan a poner frías monedas en sus ojos morenos
y aún así soportamos sin codicia el tacto del metal
y nos curtimos con su saliva ácida,
volviendo del estómago todas las palabras trasnochadas.

Supimos de su amor como un niño tirando de la manga
y eso no nos detuvo a golpearles con verdades;
y nos volvimos animales
llenando los huecos del alma con guijarros de razón
y aún así permanecieron en el jadeo.

Supieron desbocar hasta nosotros
cuando crecíamos como hongos entre flores
y supimos arrastrarnos hasta dónde estaban
cuando apenas eran fruta sobre carne.
Todos arrancados:
Supieron caer con gracia.
Supimos alzar los vástagos.
Y aún así, nadie supo podrirse con gloria.

Seguimos creyendo en el poder sanador de su insulto:
en blancos cuartos fuimos testigos de sus ocasos
y reímos llorando, con brazos abiertos al cielo,
calculando absurdamente sus descensos.

El papel fue filo en dedos nuestros,
luego mantel de sus manos,
luego fuego en sus ojos,
luego ceniza suspendida.
Y aún así volvimos supurando tinta.

Fuimos a esconder el sexo en los campos más aireados;
cuesta abajo, rodamos cómo llamas,
quemando el pasto con el sudor de gritos;
tomamos hasta no reconocernos
y luego, ciegos, bailamos siendo extraños;
supieron fraguar el silencio
y nosotros levantamos murallas
para después darles con mazos
y gozando de verles al otro lado
quedamos con cuerpos divididos por fronteras.

Ambos sabemos
que sus piernas son maderos,
que nuestra lengua no es más que hueso
y aún así, ambos sabemos esperar.
Esperamos, pero nos vamos mordiendo la boca.
Esperan, pero se están a punto de incendiar.

Prestidigitación 

Un ojo avanza trémulo por un pasillo a oscuras. Sus pasos, faltos de contorno, ondulan el aire frío de la noche. Por pocos segundos, el ojo se ilumina con la apática luz de una bombilla que hace pasar sus rayos por el verde cristal de una diminuta ventana que apunta a un lugar azaroso del corredor. La pupila, que es honda y opaca, absorbe la escena sin devolver reflejo. Sobre su blanca esclera brotan diminutas serpientes rojas, pulsando con inservible deseo de llegar a la negra cueva que yace en centro del ojo.

Levita, aquel cuerpo oval, entre las paredes de concreto; el pasillo, detrás de él, se alarga indefinidamente hasta llegar a una penumbra irreconocible. Frente a él se encuentra una puerta entreabierta. Con apenas con unos milímetros de abertura, siguiendo el filo de su ocre madera, la puerta enseña con timidez la angostísima imagen de un cuarto. El ojo con curiosidad asoma la córnea por la temporal grieta por donde emana una luz azul. Con disciplina comienza a mirar desde el techo y encuentra el aspa de un ventilador, apareciendo y desapareciendo lentamente es su mudo giro. Luego, sobre la pared encuentra unos austeros y oxidados clavos y justo por debajo de cada uno de ellos, la fúngica mancha y único vestigio de los marcos que alguna vez se mostraban ahí, pero que ahora han sido desmontados. Después, midriasis. El ojo descubre la ladera de una cama; solo se puede ver un lado y sobre el colchón sin sabanas, se ve como cuelga un brazo que pende en el vacío. El ojo, asustado, intenta ver el resto del cuerpo sin éxito. De aquella extremidad, suspendida con quietud, solo sabe que pertenece a un cuerpo postrado bocabajo. La retina va memorizando: se puede ver parte del brazo desnudo que después se dobla sobre un huesudo codo para dar lugar a un delgado antebrazo que termina en una mano de mujer, con las uñas cortas y sin pintura. El ojo es testigo de inquietante belleza y al intentar mover la puerta aprende que su cuerpo, eficaz indagador, es incapaz de materializar tal acto de valentía; intenta una y otra vez desplazar el obstáculo de madera que lo separa de aquella piel cargada de cristalinos vellos, mas se derrumba en su impotencia. La vista expuesta aumenta la tensión: ¿estará dormida?, ¿estará muerta?, ¿estará luchando contra un cruel insomnio?, ¿lo estará esperando? Sin poder hacer nada, el ojo observa levantando ya sin fuerza su pesado párpado; entonces una corriente hace jadear al viento, cerrando la puerta indefinidamente.

Latencia y resurreción

 

Detesto los días que no debo olvidar,
pues está la sorda dolencia en el vientre
y toca la penosa tarea de darte nombres
y después en discordia pronunciarte
con huecos labios.

La responsabilidad sería de quién extraña constante
y no mía, que invoco a pausas y ratos.
Mas no hay a quién delegar la tarea
de tejerte en vapor, de mirarte en turbia lluvia;
es obligación propia, por crudo remordimiento
de no dejar bastardo al recuerdo.

Sé que soy mal dueño
y que vengo con este plato quemado
a ofrecerte unas palabritas
solo cuando se te marcan las costillas;
pero es que alimento tantas cosas;
y tantas luces se devoran el tiempo (o viceversa).

Darte una tarde no es problema,
pero cortas el hábito con etérea presencia,
asfixiando calendarios;
consumiendo las horas con delgada prisa,
exiges todos los sentidos para evocarte con precisión:
tu hambre es tanta y mi carne tan poca.

Por eso acudes a mí,
que te reconstruyo
con la única esencia que de ti se debe plasmar:
la imparable creación de un estallido
y no la plana paciencia de los días.