Cuerpo incorrupto

Moscos en el agua bendita:
aún debo lavar su cuerpo.
Pasar el húmedo trapo por la curva de su espalda
y luego por los muslos brillantes.

Para estar frente a su cuerpo
debo también purgar el mío
con la lluvia de todas las ciudades recorridas
y las luces largas de la noche.

Culpa mía es. Abrupto deseo de morderle
y acostarme entre sus senos
y sacarle desde el estomago ese grito
y ver como tiemblan las gotas de sudor en su nariz.

Aún debo apretar su piel como una sábana
y dejar a los amigos anclados en el fondo que no beberé
y después fumar un cigarro en su patio mojado
y pensar en lo que le acabo de hacer.

Y al andar sus entrañas debo persignarme,
empujar su boca por mi oído,
soportar la gloriosa jaqueca
de su cuerpo acurrucado en el cráneo.

Si yo pudiera, me encadeno a su cabello
y la veo ver el techo
y me escondo en todas las cantinas al mismo tiempo
y le escribo hasta quedarme manco.

Luego me digo que es tiempo de nombrar el fracaso,
de enmarcarlo y orarle sediento;
dejar de aplazar su encuentro,
estrechar su mano y aceptar su beso,
consuelo de aquel que no concedió.

Y también me digo:
bondadoso hijo de puta,
si es por verle reír,
yo le prendo fuego al mundo.

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Lo larvado

Esto del canto perdido,
esto de insoportable distancia,
esto de mañanas lunares
y el roce en inercia.

Esquivo rellano de la esclera
al que giro en absurda gravedad.
Son sus ojos inútiles,
faros partiendo el vapor.

Esto, lo más ordinario,
esto, la búsqueda cíclica,
esto, el suspenso del imán,
es besar sin quitarse la mordaza.

El pobre con su boca lanzallamas
y el monarca de cristales por dedos
han incendiado sus casas
y quebrado sus manos;
han sangrado en almíbar,
vomitado el olvido,
queriendo al final entender
la infranqueable ausencia
entre dos cuerpos vecinos
que sudan trémulos
por no rasgar el silencio del respeto.

Esto, meditada lontananza,
esto, alud congelado,
esto, reloj averiado a las 11:59
y sobre todo el letargo del tacto.

La desembocadura

La esperanza también es un vicio.
Por ello sigo sus huellas de agua,
charcos sin reflejo
donde detengo mi boca a beber.

331 brazadas después
y sigo en el umbral.
Mi pecho sigue a la deriva
pero a su playa arriban mis graves palabras
subiendo cuál mano por su falda de arena.
Ello la posee:
ríe como un ciclón,
mis costillas de madera crujen,
el mar de sus palmas violetas se alza;
con los pantalones llenos de guijarros me vuelco,
me hundo y sacudo,
me ahogo y trago el agua salada de la esperada dicha.

Mas luego escampa,
me deja tranquilo
mientras busca otro barco en el puerto:
su saliva será ola en otra orilla.

Pútrido naufragio:
pienso en los brazos fluviales,
preludio de sus manos azules
y vuelvo a remar.

El nacimiento

Nací con pulmones llenos de palabras.
Plétora en mi pecho,
basto vacío que colma mis labios.

Nubes a los ojos,
quejido de las aves,
bruma de los días.

Antes que existiera el mundo,
andaban los muertos
corriendo sin ropa,
ansiados del nacer.
Sin saber, sin saber.

Siguiendo lo sagrado,
mi paso como el canto del grillo,
hunde la ceguera en el fango,
diluye las horas en respuestas.
Respuestas que son más preguntas.

Nazco sin plumas
y mi vuelo es la espera.

Rezo a la apatía

No merezco tu cuerpo de madrugada,
ni tus pechos en la espalda,
ni tu sonrisa, bonanza del silencio.

Resistes abandono,
mis ojos en las hojas.
Horas de palabras
que resbalan y se encharcan.
Y caminas de puntillas
con las calcetas mojadas,
evitando pisar el cuerpo que dejo.

Buscas a Dios en mis libretas.
Aquí lo único celeste son tus manos.
Esto de acá son cartas al infierno,
son la furia de lo cierto
y el clamor de lo inmortal.

Soy un hombre ciego a la presencia
y devoto del recuerdo.
Por eso tu marcha no me pesa,
sino el paso detenido,
como aquel viejo reloj
que solo se mira cuando deja de sonar.

Prisma

Si vieras tus ojos plegados al cielo, esperando los brazos de un rayo por la tarde. Si vieras tu cuello, afilándose con el roce de las gotas, alargándose sobre el barandal, marcándose con la huella de cabellos mojados que no han cabido en tu peinado. Si pudieras, estarías como yo o como el cielo, rugiendo, disparando, llorando de miedo. Pero luego me ves a mí y no al cielo y este grita tu nombre, soltando el viento amargo que ondula tu blusa blanca; puedo ver tus senos, perfecta abundancia de piel morena, de labios pequeños, de tersas clavículas. Parpadeas lento. El humo que suelto se mancha de tenue luz, tú te dibujas por detrás igual que una tromba que se avecina levantando cortinas de agua. Vienes a ahogarme. Quieres inundarme el pecho, llenarme la boca de hierbas, cegarme con flores. No importa. Estoy en el cadalso, con los pies entumidos y esperando tus olas. El humo de borra, el mar se agrieta, el cielo, colérico, se lanza contra el balcón. Ni siquiera lo miras. Te enredas a mis tiesos dedos. Cae la colilla. Cae el tifón sobre mi cuerpo. Caigo yo también. Y si te vieras sobre mí.

Vela de ultramar

Llegan los dedos,
araña que torna
con yemas calientes del paso
a encontrarse los ojos disueltos,
que poco esperan ser hallados.

Nudillos rechinan en la esquina de una mesa:
ojos disueltos duermen sin saber
que yacen en cuartos donde frías manos los desoyen.

Sale mi cuerpo en blanco
andando como aguja seca,
rasgando el aire seco que despiden las casas.
Y a mí no me pertenecen aquellos dulces alientos,
fondeados en promesas
de nombres que nunca más serán pronunciados.
Míos solo son los botes que se mesen en olas de cobre,
las sillas de clavos viejos
y ese olor oscuro que se arrastra sin presión
de un bar a una farola,
de una banca a una azotea.

Mi deseo se ondula
haciendo arcos con el tiempo;
ardo solemne en las plazas desiertas
y no huyo al temblor cadente de mi llama,
pues ilumino sin pena
el sudor de doscientos días.
Y esa es gloria suficiente
para abrir los suelos con zapatos mojados
sin resentir los ojos disueltos,
que dicen no buscarme
y aún así no dejan de mirar
desde la última orilla.