Mapa de un cementerio

Despiertan sus ojos de gato,
trasiega su alma a las cóncavas manos de la noche,
cae del cielo el olor a flores muertas,
avisando el regreso del cuerpo enterrado.

Embrujadas sus manos azules
palpan la tierra apenas mojada,
siguiendo el sonido de huesos chocar entre sí.
El cuerpo se sabe perseguido y se hunde en el suelo.

Los perros de la memoria, guiados por el rastro,
buscan en los parques, rascan las puertas de los bares,
escarban en las sábanas de camas destendidas.
A distancia, sus aullidos abaten al hombre.

Las uñas, cuál palas, se arremolinan en el fango.
En todas partes halla las tumbas del mismo nombre,
mas son las sepulturas vacías
de un olvido en insistente exhumación.

El hombre excava la ciudad entera
y encuentra monedas, las luces, el sexo,
pero nunca el cuerpo enterrado.

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Danzón del diablo

Cae una moneda entre las rendijas de la alcantarilla.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa,
podría enterrar toda la historia en pequeñas macetas,
regarlas con saliva y comer su fruto gris en ti.

Un zapato negro se desliza fulgurante por la duela.

¿Hay remedio para un corazón llano?
Somos la sangre que oculta el río,
la mañana apócrina, el despertar apócrifo.

Una llamada a oscuras.

Nosotros lavamos con sudor las lágrimas.
Esperamos como un perro callado el amanecer
mientras los ojos giran con la cadencia de un aspa.

Labios partidos se empapan de mezcal.

Creamos la palabra en boca de muerto.
A sus espaldas, luces como lunas
siguiendo preocupadas su paso hasta mí.

La mano que esconde una flama del viento.

La sutil diferencia entre comer y besar,
la incisión recostada sobre otro cuerpo.
La maquina que venció al hombre.

Un condón colgando en la orilla del colchón.

Clavaron en nuestro pecho: Los inventores.
¿Qué podríamos hacer?
Nos tiramos de bruces contra un mapa.
Solo queríamos un impero,
solo buscábamos estanques llenos de fe.
¿Nos merecemos el exilio, el fuego,
el silencio acrecentando la distancia?
Saber bailar es un castigo.

Una puerta mal cerrada.

La cinta blanca en el piso de los museos

Este es el lado estéril del espejo,
dónde oigo lenta su lengua hablar,
un lugar que dista a palmos
pero mantiene paralelo su avance a mi andar.

Su espacio, supeditado a la apreciación y no al tacto,
va ganando volumen, se alza sobre el mío
y deja escapar el seco reflejo del murmullo.

Busco desesperadamente hablar sin mover los labios,
caminar sin pisar las ramas,
saltar con las manos los recodos,
hallar sus yemas a tientas.

Un día sigo el brillo más abatido de la noche
y al siguiente estoy frente a su rostro,
mina de ardientes ascuas.

Su cuerpo de burbuja cesa de existir
si intento tocarle.
Así que permanezco a centímetros,
en el intento pausado de alcanzarle.
Y siento un precipicio elevarse hacia mí
y caigo sin siquiera moverme.

Cuerpo incorrupto

Moscos en el agua bendita:
aún debo lavar su cuerpo.
Pasar el húmedo trapo por la curva de su espalda
y luego por los muslos brillantes.

Para estar frente a su cuerpo
debo también purgar el mío
con la lluvia de todas las ciudades recorridas
y las luces largas de la noche.

Culpa mía es. Abrupto deseo de morderle
y acostarme entre sus senos
y sacarle desde el estomago ese grito
y ver como tiemblan las gotas de sudor en su nariz.

Aún debo apretar su piel como una sábana
y dejar a los amigos anclados en el fondo que no beberé
y después fumar un cigarro en su patio mojado
y pensar en lo que le acabo de hacer.

Y al andar sus entrañas debo persignarme,
empujar su boca por mi oído,
soportar la gloriosa jaqueca
de su cuerpo acurrucado en el cráneo.

Si yo pudiera, me encadeno a su cabello
y la veo ver el techo
y me escondo en todas las cantinas al mismo tiempo
y le escribo hasta quedarme manco.

Luego me digo que es tiempo de nombrar el fracaso,
de enmarcarlo y orarle sediento;
dejar de aplazar su encuentro,
estrechar su mano y aceptar su beso,
consuelo de aquel que no concedió.

Y también me digo:
bondadoso hijo de puta,
si es por verle reír,
yo le prendo fuego al mundo.

Lo larvado

Esto del canto perdido,
esto de insoportable distancia,
esto de mañanas lunares
y el roce en inercia.

Esquivo rellano de la esclera
al que giro en absurda gravedad.
Son sus ojos inútiles,
faros partiendo el vapor.

Esto, lo más ordinario,
esto, la búsqueda cíclica,
esto, el suspenso del imán,
es besar sin quitarse la mordaza.

El pobre con su boca lanzallamas
y el monarca de cristales por dedos
han incendiado sus casas
y quebrado sus manos;
han sangrado en almíbar,
vomitado el olvido,
queriendo al final entender
la infranqueable ausencia
entre dos cuerpos vecinos
que sudan trémulos
por no rasgar el silencio del respeto.

Esto, meditada lontananza,
esto, alud congelado,
esto, reloj averiado a las 11:59
y sobre todo el letargo del tacto.

La desembocadura

La esperanza también es un vicio.
Por ello sigo sus huellas de agua,
charcos sin reflejo
donde detengo mi boca a beber.

331 brazadas después
y sigo en el umbral.
Mi pecho sigue a la deriva
pero a su playa arriban mis graves palabras
subiendo cuál mano por su falda de arena.
Ello la posee:
ríe como un ciclón,
mis costillas de madera crujen,
el mar de sus palmas violetas se alza;
con los pantalones llenos de guijarros me vuelco,
me hundo y sacudo,
me ahogo y trago el agua salada de la esperada dicha.

Mas luego escampa,
me deja tranquilo
mientras busca otro barco en el puerto:
su saliva será ola en otra orilla.

Pútrido naufragio:
pienso en los brazos fluviales,
preludio de sus manos azules
y vuelvo a remar.

El nacimiento

Nací con pulmones llenos de palabras.
Plétora en mi pecho,
basto vacío que colma mis labios.

Nubes a los ojos,
quejido de las aves,
bruma de los días.

Antes que existiera el mundo,
andaban los muertos
corriendo sin ropa,
ansiados del nacer.
Sin saber, sin saber.

Siguiendo lo sagrado,
mi paso como el canto del grillo,
hunde la ceguera en el fango,
diluye las horas en respuestas.
Respuestas que son más preguntas.

Nazco sin plumas
y mi vuelo es la espera.